Sensible e inteligente. El documental de Christian Ercolano, “Liebig, un pueblo en busca de su identidad”, nos transporta al pasado, dejando de lado la nostalgia gris y echando mano a la memoria de los protagonistas.

El material fue apreciado por quienes se encontraban en el 31º Festival Internacional de Cine. El evento se lleva adelante anualmente en Mar del Plata, organizado desde el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y dirigido por el reconocido cineasta José Martínez Suárez.

“¿Qué se escondía detrás de esa estructura derruida y abandonada?”, fue la pregunta inicial que comenzó con la aventura de la realización del documental en 2007. Un pueblo Liebig erigido a partir de una fábrica de extracto de carne, fundada en Entre Ríos a comienzos del siglo XX. En la década de 1970, como muchas otras empresas, cierra sus puertas. “La idea original del documental fue narrar, a través de una historia colectiva fabril, un estado de detenimiento en un pasado glorioso. El estado actual e inalterado de Liebig nos generaba muchos interrogantes”, comenta el realizador audiovisual en una nota publicada en www.mardelplatafilmfest.com.
Uno de los fuertes del documental es la elección de las declaraciones y los personajes que se presentan en pantalla. Ercolano logra perfilar claramente a sus entrevistados y explotar sus potencialidades en pos de un guión ameno y sin artificios. “Lo más interesante que encontramos en nuestra investigación fueron los pobladores de Liebig”, asegura. Y agrega: “la mayoría de ellos eran personas mayores que habían trabajado en la fábrica y que con gran predisposición nos narraban idílicamente lo que había sido el pueblo. En sus palabras y en su mirada podíamos entender que una parte de ellos todavía permanecía anclada a esos recuerdos felices”.
“El desafío que nos planteamos con los guionistas Gustavo Intrieri y Germán Loza, era elegir los mejores elementos para contar ese estado de pasividad y hacerlo atractivo visual y narrativamente, mientras descifrábamos qué fue lo que había pasado en ese lugar tan próspero para terminar como un pueblo casi fantasma”, dice. Resulta muy interesante el punto de vista que desarrollan para narrar las historias de los pobladores -en la actualidad, el pueblo cuenta con algo de 700 habitantes- como enorme metáfora de una Argentina que, en algún momento de la historia, dejó a pequeñas poblaciones basadas en la industria, a su propia suerte.
Además, en la película se logra una nostalgia positiva, a partir de la mirada a las vidas que se construyeron desde la “destrucción” de su cotidianeidad alrededor de la fábrica Liebig. A la hora de explicar las decisiones técnicas, Christian Ercolano asegura que “fue muy importante el registro sonoro de los testimonios, muchas veces en modo off the record (fuera de registro), realizado por Santiago Crivelli”. Y añade que en la búsqueda del nivel de verdad “con Alejandro Reynoso, cámara y director fotográfico, se eligió un registro no invasivo ni controlado de las acciones de los personajes, pero sí riguroso en su registro fotográfico”.
El resultado es una película profunda que refleja una minuciosa investigación y una sensibilidad en el manejo de la observación documental. “La intención fue darle mayor naturalidad a los testimonios para utilizarlos en el montaje. A partir de ideas formales, técnicas y narrativas, sumadas a la investigación histórica, nos encontramos con muchísimas horas de material sumamente interesante. Todo este proceso de producción nos llevó casi dos años y medio de trabajo”, sigue explicando el director para el sitio digital del festival.
A la hora de hablar de su equipo de trabajo, destaca la tarea de sus productores ejecutivos, Nuria Arnaud y Rodolfo Weisskirch, el montaje a cargo de Juan Pablo Docampo y el sonido en postproducción de Gino Gelsi, en la creación de climas y espacios sonoros. “Lo más complejo en esta instancia fue darle la estructura coral y, en paralelo, hacer interesante la narración de la ilusión pasada y la inacción del presente”. Y agrega: “partimos desde el inicio con la idea de contarlo a través de las voces de los personajes. Si bien era un trabajo riguroso y exhaustivo, sabíamos que una voice over (narración) de un narrador extradiegético (en tercera persona) iba en contra de lo que queríamos hacer”. Por eso fueron alternando “el pasado glorioso, contado con secuencias de montaje fotográfico o fílmico y la pasividad nostálgica del presente y de este modo hacer avanzar la narración a través de la mirada de los personajes”.
La ópera prima de Christian Ercolano muestra una concepción distinta a la hora de contar el pasado, sin tristeza ni golpes bajos. Pura observación de un presente que se desarrolla, y continúa, más allá de cierres de fábricas y olvidos políticos. “Desde mi lugar de realizador, la mejor experiencia fue haber podido captar la esencia de los protagonistas en esos momentos que se dan solo una vez y no vuelven a repetirse”, concluye para www.mardelplatafilmfest.com.
Fuente: www.mardelplatafilmfest.com
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